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Las Hermanas Satánicas
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Las Hermanas Satánicas

Por Federico Cosimo

 

Quién vive en Villa Urquiza, se va acordar de esta historia. Sucedió durante la madrugada del 27 de marzo del 2000.

Gabriela y Silvina Vázquez, conocidas a partir de aquel momento como “Las Hermanas Satánicas”, se vieron envueltas junto a su padre, Juan Carlos Vázquez — fallecido de más de cien puñaladas–, en un embrollo terrible.

 No hace mucho, Gabriela prestó declaraciones sobre lo ocurrido al reconocido periodista Guido Bilbao para la revista Gatopardo

El comienzo de esta historia trágica tiene origen muchísimos años atrás, más precisamente durante la década del 40.

Ocurrió en Cafayate, provincia de Salta, cuando la madre de Juan Carlos Vázquez (abuela de las jóvenes) fue violada a los quince años en un descampado por tres hombres al volver de su trabajo. Regresó a su hogar hecha despojos y no quiso contarle nada a nadie. Pero, a las pocas semanas, todo el mundo se enteró de la noticia, pues estaba embarazada.

 Juan Carlos se enteró de la verdad a una semana de su muerte, y desde ese entonces, las cosas no empezaron a andar para nada bien en la casa.

 Cuenta el dueño de la vivienda que Silvina, antes de volverse loca, era una alumna ejemplar de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.  Siempre había sido una chica perfil bajo, por demás correcta  y responsable.

El día anterior a la tragedia decidió encarar a este buen hombre y soltarle con total liviandad: — “Esta casa tiene olor a muerto. ¿Tenés idea si murió alguien acá? De todas formas la vamos a purificar los tres: Gabi, papá y yo. Por eso, si escuchan ruidos extraños, no se asusten”.

El hombre se quedó paralizado. No podía creer que una chica como Silvina estuviera hablando en serio. Pero sí, había que creerle. Ella estaba convencida de haber escuchado voces en su propio hogar en los últimos días sumados a ruidos y aromas extraños. Fue por eso que recurrió a Transmutar, un lugar donde dictaban cursos esotéricos, en busca de una posible explicación. La asesoró Sergio Etcheverry, el dueño de la empresa, quitándole todas sus dudas y haciéndole llegar a una conclusión: la casa escondía un horrible enigma que debían extirpar para recuperar la paz.

Desde ese entonces, Juan Carlos se auto convenció de que era él el problema, ya que, siendo producto de una violación, se consideraba “hijo del mal” y no merecía seguir viviendo.

El 24 de marzo del 2000, Silvina gritó desaforadamente luego de ver a su propio padre en el reflejo del espejo del baño y de manera distorsionada. Se aterró. Juan Carlos salió corriendo a ver qué le pasaba. Ella le explicó todo y él le creyó. Ya ninguno de los dos tenía duda: Juan Carlos llevaba el demonio adentro suyo.

Cuando llegó Gabriela, que poco entendía del asunto, ambos la pusieron al tanto de la situación y la convencieron de purificar la casa para erradicar el mal.

 El ritual comenzó la noche del 26 de marzo y se extendió hasta la madrugaba del 27. Comenzaron bebiendo un líquido que Etcheverry le había dado a Silvina pero que, en realidad, era para purificar el piso. Al poco rato empezaron a sentir síntomas físicos y se turnaron durante toda la noche para vomitar. Pasaban de los rezos al baño, de la realidad a la ficción, del demonio a la locura.

Después de varias horas, se empezaba a hacer de día y a Juan Carlos se le hacía tarde para ir a trabajar. Decidió darse un baño que, dicho sea de paso, estaba hecho un asco. A los diez minutos, un grito lo hizo salir corriendo: era Silvina, que estaba aullando en el comedor de la casa. Acudió a ella de inmediato y la abrazó, desnudo como estaba, y en ese mismo instante sintió el primer cuchillazo: fue en el cuello. Después vinieron cien más, una y otra vez, sin descanso. Vazquez en ningún momento gritó. Tan solo la veía a Gabriela que, shockeada, permaneció inmóvil y sin nada por hacer más que mirar y escuchar a su hermana decir: –Papá, vos tenés el diablo. Yo te lo voy a sacar. Te juro que te lo voy a sacar — mientras clavaba.

 Cuando Gabriela reaccionó e intentó detenerla ya era demasiado tarde. Asegura que su hermana estaba imparable. Al rato llegaron los policías y más tarde el grupo Swat. Se encontraron con un comedor inundado en sangre y con el cadáver de Juan Carlos en el centro. Alrededor, ellas dos: Gabriela paralizada y su hermana a los gritos asegurando la existencia del demonio.

De inmediato, fueron trasladadas al Hospital Pirovano. Permanecieron atadas y en camas separadas durante unos días. Las enfermeras confesaron haber sentido pánico por Silvina. Y es al día de hoy que hasta los policías prefieren no acordarse de ella…

 Tiempo más tarde, ambas fueron reubicadas en la Unidad 27, prisión que hay dentro del neuropsiquiátrico Braulio Moyano. Existen dos pabellones de máxima seguridad: uno lo vaciaron para Silvina. A Gabriela la metieron en otro compartido con ocho chicas.

Cuando esta última empezó a tomar conciencia de lo ocurrido, no podía entender cómo había llegado hasta ahí, ya que todo había sido culpa de su hermana. Lloró tanto que las gasas de los ojos se le humedecieron, hasta que la Gorda –una de las compañeras– le dijo que no se hiciera problema y que se tranquilizara ofreciéndole un porro. Fue su única amiga ahí dentro; mientras tanto, permanecía aislada de Silvina y sin haberle visto la cara desde la noche fatal. Recién sucedió el encuentro de las hermanas cuando ocho doctores las juntaron para hacerles preguntas y para que contaran la versión de los hechos. Silvina, ni bien la vio salió corriendo a abrazarla, pero ella sintió bronca y repudio de su hermana, la asesina de su propio padre.

Hoy, Gabriela, una de las famosas Hermanas Satánicas, está en libertad y con un recuerdo horroroso que todavía la sigue despertando durante las madrugadas y la hace revivir todo una vez más. Sin embargo, asevera que quiere mucho a su hermana aunque le cueste creer que todo esté bien en ella: “Hay algo en Silvina que permanece – sostiene– algo que todavía no se fue…”.

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